Choqué con la realidad

Publicado el: 22 Apr 2013

Ese día simplemente todo se me hizo un nudo.

Por: Eunice Báez
Más notas del autor
Stock.

Esas ganas de llorar que a una se le atoran en la garganta, dan un dolorcito particular, como una punzada en el esternón. Así lo sentí. Vale aclarar esa sensación no la tuve el día del choque. No. Ese día simplemente todo se me hizo un nudo.

Ocurrió en la cuesta de Muñoz y Nanne en San Pedro. Por dicha yo era la primera en el semáforo. El choque fue como un latigazo. Me bajé lento y vi a mi pobre carro, Cachirulo, con todo el traserito hundido. Aún así, no fue ahí que tuve ganas de llorar. Hablé con el otro conductor, el responsable del accidente, y fue todo disculpas. De su automóvil, salió toda una familia, incluido un niño pequeñito.

El señor se disculpó una y otra vez mientras señalaba los pedazos de fibra que estaban en la calle. Yo no pude evitar pensar que para chocarme así cuesta arriba, tenía que haber venido muy rápido. Llegó el oficial de tránsito y tuvo lugar todo el papeleo. Ahí me enteré que este señor, el que me había chocado, era de Turrialba. Soy turrialbeña y por eso aquella noticia me alegró, me alivió un poco.

Las casualidades no terminaron ahí, este señor resultó ser el director de mi escuela. De esa institución yo guardo los mejores recuerdos. La linda infancia, los juegos en el zacate y los primeros enamoramientos ocurrieron en esas clases.

Lo que sucedió luego es un cuento largo. Para ahorrarle dificultades al señor me di a la tarea de cotizar el arreglo en varios talleres. La puerta de atrás era imposible de salvar y por eso no iba a ser una reparación barata. Mi sorpresa llegó cuando le comuniqué que el arreglo iba a costar al menos un millón de colones. Se transformó en el momento en que mencioné dinero. Alegó que yo me estaba excediendo.

Yo no quería el dinero del señor, solo el arreglo de mi carro. Me trató como una tonta. La amabilidad inicial y el interés por hacer lo correcto se perdieron entre los correos donde le mandaba las facturas proforma con los costos. El último intento lo hice al escribirle todos los pormenores del caso y plantearle algunas soluciones, tal vez un arreglo de pago... tal vez prendando uno de sus dos vehículos. Nunca obtuve respuesta.

 Se podría decir que esta historia tiene un final feliz. El proceso siguió y fuimos a audiencia frente a un juez. Ahí, el señor insistió en darme un poco más de la mitad de lo que costaba el arreglo y que yo cubriera el resto. El juez intercedió y por medio de una conciliación, el señor debe pagarme todo en un plazo de 7 meses. Si no paga, el proceso continuará normalmente.

¿Cuándo fue que tuve ganas de llorar? ¿En qué momento se me anudó la garganta? Ese día, después de la audiencia, cuando le di la mano. Ahí entré en conciencia que este señor, que había ofendido tanto mi inteligencia, que había intentado hasta último momento escapar la responsabilidad que tenía, que ni siquiera respondía mis llamadas y esperaba pagar la mitad de lo que debía... este hombre era el director de la institución más querida de mi infancia

0
Su voto: Ninguno
Más notas del autor