El camino de Adela, de Talamanca a la universidad

Publicado el: 13 Aug 2013

Una indígena bribri que decidió dejar las montañas de Talamanca para estudiar, ser profesional y un día volver con algo en las manos para su pueblo.

 

Por María Fernanda Cruz
Más notas del autor
Fotos Jeannine Cordero

Estas paredes de madera encierran un olor a infancia y café recién chorreado. Son las 6 a. m. de un junio abrumado por tanta lluvia y Adela López tiene el pelo lacio, los ojos jalados, las caderas justas después de parir tres hijas y la piel brillante de 32 tímidos años. 

A esta hora empieza el recorrido diario: alistar a las niñas, llevarlas a la escuela, estudiar, hacer trabajos de la U, cumplir con las horas beca asignadas, enseñar a las chicas a leer, fabricar maromas con el dinero y con el tiempo.  

Su travesía comenzó hace 16 años, cuando Adela llegó al Valle Central para estudiar y consiguió trabajo como empleada doméstica con la condición de que la dejaran ir al colegio y de vez en cuando visitar a sus padres y a sus diez hermanos en las montañas de Talamanca. 

Allá “arriba”, en las montañas de la Talamanca bribri, fue a la escuela sin zapatos, como la mayoría de sus hermanos y, todavía hoy, no hay corriente eléctrica ni cañerías. Tampoco muchos adultos mayores que sepan hablar español. Ella misma todavía no entiende algunas palabras y tiene que preguntar el significado cuando las encuentra en los textos de la U. 

En la Universidad Nacional estudia enseñanza del inglés para primaria. Ya está en tercer año y cada vez que logra pasar una materia siente una alegría profunda y nostálgica: es bueno sentirse una mujer emprendedora, pero triste pensar en todas las personas de su pueblo que no han podido estudiar.

 Allá los chicos salen de la escuela para hacer vida de pareja, sin importar la edad. Y yo he motivado a todos mis hermanos a que se vengan acá, pero en este momento solo yo estoy en la universidad”. 

 

Tres de tres

En La Huaracha de Birrí, en Santa Bárbara de Heredia, las nubes llegan hasta el zacate y hace un frío aburrido que le provoca picazón en los ojos a Sulaicha, la más pequeña de las tres hijas de Adela. 

Sulaicha nació con una hidrocefalia que le ha hecho crecer el cerebro hasta dejarle la cabeza más grande de lo normal, para una niña de cuatro años. Cuando Adela quedó embarazada, apenas había iniciado su carrera en la Universidad Nacional para ser maestra de inglés. Nunca había planificado con métodos artificiales, pero no esperaba tener más niños porque entre las otras dos apenas lograba repartirse. Cuando dio a luz, le dijeron que la niña tenía agua en el cerebro y Adela, que suele elegir significados antes que nombres para sus hijas, la llamó Sulaicha, que significa “la que viene de la mano del creador”. Que sea lo que Dios quiera, pensó. 

A la familia la completan Iriria – “madre tierra”, 12 años– y Etsmi –“fuerza y energía positiva”, 6 años-, ambas están en la escuela, tienen el cabello negro y la tez morena. Un par de veces a Iriria le llamaron “india” y llegó llorando a la casa, hasta que su madre le explicó que ese era motivo de orgullo y no de vergüenza. 

Iriria nació hace doce años. Adela la concibió cuando estaba por cumplir 20 años, una edad muy por encima del promedio de las mujeres en su pueblo (por ejemplo, su hermana tiene 19 y dos niños). El padre de las tres niñas es un “buen papá” que apoya a Adela para que termine de estudiar mientras él trabaja en una fábrica de pollos en Birrí.

Nosotros pequeños sufrimos muchas carencias materiales. Por ejemplo, yo fui descalza a la escuela. A mí no me da vergüenza decirlo. Más bien es un empuje, un motivo para mí porque en uno está el poder de superarlo”, cuenta. 

El tono de Adela es suave, casi imperceptible, pero se enciende un poco más cuando piensa en sus raíces, en las ganas que tiene de volver a la montaña, pero no con las manos vacías, es lo que la impulsa a seguir a pesar de las vicisitudes. 

 

 

0
Su voto: Ninguno
Más notas del autor