En busca del príncipe azul

Publicado el: 01 Oct 2013

Para disfrutar la recompensa del amor, como se nos promete en la ficción, es necesario recorrer un camino de auto descubrimiento, en el cual debemos vencer muchos obstáculos.

 

Por Ana Luisa Monge
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Una de nuestras lectoras nos envió la siguiente consulta: 

Las películas, series y telenovelas idealizan las relaciones amorosas y las estructuran en un cuadrado perfecto en el que las mujeres no tienen gran poder de decisión, sino que son víctimas de su destino: esperar al príncipe azul, al hombre que cambie su vida entera para quedarse a su lado. ¿Por qué seguimos manteniendo estas estructuras como íconos de la felicidad? y ¿cómo hacemos para desligarnos emocionalmente de esas escenas románticas imposibles de cumplir?

 

La consulta nos plantea el tema del arquetipo del príncipe azul y las repercusiones en la mentalidad de las mujeres. Revisemos primero el concepto de “arquetipo”. El sicoanalista Carl Jung lo definió como una imagen creada espontáneamente por el inconsciente y que se encuentra tanto en mitos, cuentos de hadas y leyendas de todas las naciones, como en los sueños y fantasías de los individuos de todas las culturas. Dicha imagen es la manifestación síquica de un determinado instinto o impulso universal de la naturaleza humana y de la vida en general.

Cuando hablamos de imágenes míticas, como pueden serlo la madre tierra o el padre celestial, nos referimos a modelos inherentes a la vida, y que se nos aparecen como divinos porque son imponentes, poderosos y transpersonales. Una imagen arquetípica es un dibujo subjetivo que hace la sique de la vivencia de estas pautas innatas. A estos impulsos instintivos les asignamos un valor y un significado, de modo que una imagen arquetípica tiene un tono afectivo e implica una escala de valores. No es simplemente una imagen plana de algo que sucede en el cuerpo, pues los arquetipos se transmiten de generación en generación en todas las culturas. Los seres humanos vivenciamos los instintos como figuras divinas o sobrenaturales que tienen historia, porque los instintos poseen un poder tremendo y trascienden la voluntad consciente. Además, tienen una intención y se mueven hacia algún objetivo.

Un cuento o leyenda perdura en la historia debido a que contiene claves simbólicas que nos permiten el acceso a lecciones espirituales muy elevadas. A veces la interpretación de la leyenda se distorsiona por la cultura que prevalece en el momento. Por ejemplo, desde hace muchos años, nuestra cultura occidental ha promovido que las mujeres vistamos y actuemos como las chicas del jet set internacional, para recibir a cambio el amor eterno de un gallardo príncipe azul. El problema es que esta interpretación distorsiona la gran lección espiritual del príncipe azul: el disfrute de las mieles del amor implica un camino de descubrimiento, en el cual debemos vencer muchos obstáculos. En los cuentos y leyendas, la princesa atraviesa un tiempo de sufrimiento y el príncipe debe luchar contra monstruos, hechiceros malvados, dragones u otros seres malignos para lograr el acceso a la princesa. 

El arquetipo del príncipe aparece asociado al del héroe: debe demostrar su valentía más allá de la apariencia física. Poseer sólo una cara linda o un buen cuerpo nunca ha sido suficiente para que un héroe se convierta en príncipe. Pero en una cultura centrada en la satisfacción instantánea, la apariencia física y en las posesiones materiales, el arquetipo del héroe se pierde en el olvido colectivo y sólo recordamos las caras bonitas del príncipe azul: imagen que parece tomada de la canción “Plástico” de Rubén Blades.

Betty la fea, la telenovela más popular de todos los tiempos, refleja la posibilidad de que los príncipes guapos también se enamoren de princesas feas, aún antes de que éstas se transformen en lindas. El requisito indispensable es que el príncipe debe tener la profundidad necesaria para captar la belleza interior de la princesa. Es decir, sin belleza interior no tienen sentido alguno el sufrimiento de la princesa ni la lucha del príncipe. Esta es quizá una de las grandes lecciones espirituales de los cuentos con príncipes azules.  

Jazmín se enamora de Aladino cuando este aún era pobre; Bella ama a la Bestia aún en su fealdad; Fiona se enamora de Shrek, aunque pagara el precio de convertirse en ogra; Cenicienta tuvo que fregar muchas veces el piso antes de encontrar al príncipe; Blancanieves sirvió en el bosque antes de que el príncipe la encontrara; etc. Es decir, la belleza externa es un elemento que no puede deslindarse de la belleza interna. 

Una mirada más sutil a los cuentos y leyendas nos ayuda a captar que el príncipe azul es el símbolo de la felicidad que obtenemos al vencer nuestros propios demonios.   Los seres sobrenaturales benignos como hadas, elfos y otros, representan la ayuda espiritual que siempre nos acompaña en el camino de la vida. La constancia, la valentía, la honestidad y la fidelidad a nuestros valores nos llevarán al encuentro con ese príncipe azul tan soñado, el cual quizá no sea de carne y hueso, sino un estado de ser en que reina la plenitud y la paz. 

 

 

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