Orotina: Un encuentro con parajes de la memoria

Publicado el: 10 Sep 2013

Un paisaje urbanizado y húmedo guarda para usted un puñado de obras de antaño que incitan a la memoria y a la imaginación. Las invitamos a hacer un repaso por la memoria histórica de Orotina a través de sus tesoros arquitectónicos y gastronómicos.

Por María Fernanda Cruz
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Fotos de Adrián Soto

Francisco "Chico" Rodríguez tiene los anteojos un poco empañados y la camisa empapada. La humedad del mediodía en Orotina es tanta que me siento capaz de exprimir el aire con las manos. Estamos frente a la única representante viva de la Hacienda El Coyolar, una casona vieja y destartalada que ha cumplido más de cien años y que, a pesar de sus paredes roídas, es capaz de atizar los recuerdos de don Chico.

Don Chico es conserje del Instituto Nacional de Desarrollo Rural (Inder), dentro de cuyas tierras persevera la casona. Él nació aquí hace 65 años, dentro de una de las cientos de casas que se alzaban sobre las 23 hectáreas de la Hacienda. Durante su juventud, había que tomar el ferrocarril para llegar. Hoy, esas líneas olvidadas en el tiempo son las que nos guían hasta el Inder, 200 metros al este de la iglesia de El Coyolar.  

“Don Fernando Castro era el dueño de estas tierras –dice como si todavía le debiera sumisión a su antiguo jefe–. De él se dicen muchas cosas: trajo ganado del extranjero, trajo esos tractores que nunca nadie había visto aquí, trajo mangos de este vuelo (gesticula con sus manos para ilustrar el tamaño de la fruta) y los sembró y los combinó con otras especies”. 
Fernando Castro, un hombre poderoso, amigo de políticos y de influyentes jefes de Estado como los hermanos Tinoco, se rasuraba la barba en un espejo que, al mismo tiempo, le servía de retrovisor. Así vigilaba que nadie tratara mal al ganado. “Eran campesinos de antes, malamansados y don Fernando no soportaba que le patearan o le maltrataran a las vacas”. 

La hacienda en la que nació Chico fue una de las primeras que se establecieron en el país, según la historia que prevalece en la tradición oral de los habitantes de Orotina. También es la responsable de la mayor parte del asentamiento urbano que se estableció a principios del siglo XX. 
Tratar de recuperar la memoria histórica de un pueblo requiere de personajes como don Francisco, que se preocupan por llevar a la gente hasta la placa de la casona, donde dice que fue declarada de Interés Histórico Arquitectónico por el Ministerio de Cultura y Juventud desde 1994, y de narrar los relatos que la vuelven a llenar de vida por unos minutos. 

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Siete mujeres han querido retomar la historia de la Hacienda El Coyolar a través de la gastronomía típica del ferrocarril, que precisamente atravesaba la propiedad de Fernando Castro. En su restaurante, Antigua Hacienda, hacen de la historia una delicia: tortas de tren, arroz con pollo, gallos de salchichón, picadillo y queso, ceviche de sandía y pollo achotado. A los más jóvenes, la comida nos transporta a tiempos desconocidos y a los que sí conocieron el ferrocarril, los devuelve a su infancia.

Kattia y Teresa Fijeac, dos de las siete dirigentes del restaurante, nos atendieron. Kattia es la presidenta de la Asociación Mixta para el Desarrollo Productivo del Asentamiento El Vivero, que reúne a 21 personas en un modelo cooperativo en el que se busca el desarrollo de mujeres jefas de hogar. Su proyecto inició desde el 2008, sin dinero pero con muchas ganas. Han recibido capacitación del INA y la UNED y se sienten empoderadas para seguir contando historias a través de la comida. 

Su restaurante, a solo 25 metros del desvío Pozón hacia Jacó, no es solo un paradero para saciar el hambre o la sed, sino una evocación a la memoria del pueblo. Sobre el mostrador y en toda la pared que recibe a los clientes se levanta un mural de colores que, si se le mira detenidamente, cuenta toda la historia de la hacienda, que podría ser también la del pueblo de Orotina. 

Todas las mujeres que atienden el lugar conocen desde adentro los orígenes de su cantón y podrán guiarle a los sitios de disfrute más emblemáticos: “Quien no se ha bañado en el río Machuca durante el verano, no es buen orotinense. Pero tenga cuidado porque dicen que quien se baña en sus aguas, nunca se va de este pueblo”, relata Teresa. 

Mientras tanto, nosotros nos comemos un ceviche de sandía, que nos termina de convencer de que ya valió la pena el viaje desde San José.

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A una cuadra de la iglesia de Orotina se encuentra uno de los mayores patrimonios arquitectónicos e históricos de la zona: la estación del ferrocarril. “Viajar en tren hasta Puntarenas era el único paseo posible para las familias pobres de la época,”, cuenta Teresa. Con 35 céntimos uno podía ir y volver desde el puerto y con otro tanto comprarse una torta o un gallito para repartir. 

Hoy, dentro del edificio de la boletería, Sidney Hernández mira la novela de la 1 p. m. en un televisor con antena de aire y cuenta que ella cuida mucho la casita que le da el Gobierno mientras su esposo trabaja para el Incofer. Por dentro, las paredes están repletas de clavos que ella asegura nunca haber clavado. “Cuando yo llegué la casa estaba así porque antes vivía un hombre solo, pero yo la cuido mucho y la mantengo limpia”.

A la estación la completan el andén de pasajeros, la bodega y la casa de máquinas, todos construidos en agosto de 1933 y conservadas hasta la fecha por un decreto ejecutivo del 2003 que las declara Patrimonio Histórico-Arquitectónico. En casi todas las edificaciones viven familias de escasos recursos cuyos jefes de hogar son trabajadores del tren. 

Conocer las edificaciones viejas del cantón es también vivir su historia, si se decide a hacer de un recorrido histórico una aventura para la imaginación.  

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