Perseguir un sueño me costó muy caro

Publicado el: 03 Jun 2013

La oportunidad de trabajar en Estados Unidos parecía una salida fácil al problema económico que enfrentaba esta madre soltera con dos hijos. Pero, como ella misma nos cuenta, en ese camino perdería más de lo ganado.

Por Liessi Castro
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Fotos cortesía de Liessi Castro

Perdí a un hijo por querer darle una mejor calidad de vida económica.

Fue un día cualquiera, después de llegar de la Universidad, mientras estudiaba metida en uno de esos pequeños walk in closets, con los chicos halándome los cuadernos y jugando con mis apuntes, que recibí la llamada de una amiga desde Estados Unidos.

Tenía un trabajo para mí y me convenció de que, ante mis circunstancias, ese viaje podría ser una buena oportunidad de proveerle una mejor calidad de vida a los chicos.

Mis hijos tenían dos y cuatro años y yo apenas con 25; quería comerme a bocanadas el tiempo limitado que tenía para la universidad. No podía aceptar que ser una madre soltera me convertía en una fracasada, tal como me decía mi mamá. No quería resignarme a sacrificar la U y trabajar en Taco Bell mas que esos fines de semana necesarios para ganar ¢50.000 al mes, que me servían para los pasajes de bus aunque no para pañales. A la larga, comprendí que no debí haberme alejado de mi realidad, tenía que haber aprendido a salir adelante con ella.

Llegué a Estados Unidos en noviembre de 1999; los primeros días ni siquiera lograba hablar de mis hijos sin llorar. Lo que sucedió en los siguientes ocho años fue más de lo que podría incluir en estos párrafos. Vivía a medias, con una soledad que empañaba mis días, debuté empacando quesos en una fábrica en el turno de la noche y después que descubrieron mis siestas a las 3 a.m. en el baño de mujeres, debí conseguir un nuevo trabajo sembrando flores en un campo de golf.

Solía llamar a mis hijos cada semana y les mandaba dinero cada mes, la ironía del inmigrante es que termina purgando sus culpas con ese recibo de dinero de Western Unión, los cuales guardaba en un sobrecito que me acompañó por esos años y que terminó amarillo, avejentado, roto en las orillas, débil, cual semblante de mi alma.

Entrar en la Universidad me dio confianza en mí misma, para ese entonces trabajaba como mesera

y estaba estable. Es aquí cuando comienza la lucha por llevarme a mis chiquitos. No lo imaginé entonces, ¿y cómo iba a hacerlo? Fracasaba una y otra vez en cada intento. En mi desesperación le cedí la patria potestad de los niños a mi mamá para que ella les tramitara la visa. ¡Que error!

Regresé a Costa Rica con un remolino de ilusiones y de amor, con deseos de ver a mis hijos y de no separarnos nunca más; sin embargo, me encontré una situación familiar complicada, mi mamá no me devolvió la custodia de ellos y fue mas allá, un día, sin previo aviso, se llevó al menor a otra provincia.

Para recuperar a mi hijo saqué préstamos personales en el banco, contraté abogados y nos fuimos ante un juez que me concedió la custodia de ambos. Ahí en la audiencia saqué aquel sobrecito amarillento repleto de recibos de dinero y me aferraba a él con la mano temblorosa, inundada de miedo y decepción, pensando en aquellos sueños en los que la historia era diferente, pero esta era la realidad: mi mamá apeló el fallo y el juez de familia decidió regresarme la custodia de mi hija mayor, mas no la del menor.

Nada hace crecer más que los errores y cometí muchos. Cuando una puede cambiar las circunstancias solamente hay que limitarse a respirar, a perdonar, perdonarse y a amar. Mi hija está conmigo y ya está en la Universidad! Mi hijo aún está con mi mama y terminé por respetar y aceptar su decisión.

Cuando la vida te da motivos para sentir miedo es cuando en realidad te está dando la oportunidad de ser valiente. Y así lo viví.

 

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