Sorpresas en Noche Buena

Publicado el: 20 Dec 2012

Una anécdota navideña que nos recuerda a la niña que todas llevamos dentro.

Por Mónica Morales
Más notas del autor
Foto Shutterstock.com

Después de los 25 años una cree que la Navidad ya no dará sorpresas. Es más, después de los 15 la Navidad es un asunto de rutina, más en una familia donde no hay niños y no se envuelven juguetes.


El año pasado, sin embargo, ocurrió algo diferente. Mi papá me preguntó “¿Mónica qué necesitás, para comprarte el regalo?”, pensé en pedirle medias, desodorantes, alguna crema, lo de siempre. Tal vez unas almohadas, las mías ya estaban viejas.


Una bici” le respondí casi por inercia, no sé por qué me salieron esas palabras, pero sentí más que nunca que quería una bicicleta.


Fuimos a varios lugares, “Esta no tiene suspensión, esta sí”, me explicaba mi padre con paciencia. Yo no sabía nada de bicis, solo quería una. Volver a sentir el viento en la cara mientras una se tira a toda velocidad cuesta abajo sobre dos ruedas.


Finalmente estuvimos de acuerdo, tenía que ser esa, la rosada. Liviana, coqueta, con suspensión, asiento ergonómico, montañera... simplemente chivísima ¿Y el precio? “90 mil colones” dijo el dependiente. Mi papá me volvió a ver, lo vi a los ojos y ya sabía la respuesta, muy cara. Salimos del ciclo sin bici, sin regalo, pero yo tenía trazado un plan de manipulación a punta de detalles. Ese día preparé el almuerzo, el siguiente recogí mi cuarto.


Esa noche mi papá me dijo “Moni, decime qué otra cosa te puedo regalar, la bici es muy cara y tengo muchos gastos”. Me costó mucho disimular la tristeza, lloré por dentro como una niña de siete años. “Pueden ser unas almohadas” y me fui a leer, tratando de no pensar en nada.


La tristeza me embargó hasta el propio 24 de diciembre a media noche, cuando debajo del árbol se notaban dos almohadas envueltas en papel de regalo ¡Qué chichón! Abrimos los regalos, efectivamente almohadas. Fingí una sonrisa y me fui a acostar.


¡Pero qué es esto!”, gritó mi papá desde el garaje. “Oh, oh, seguramente mis perros volvieron a botar la basura”, pensaba mientras corría a ver qué había pasado. Ahí estaba, rosada, con un lazo, con suspensión, montañera, chivísima, mi bicicleta. Lloré como una niña de siete años y mis papás también, porque después de los 25 todavía hay sorpresas.

0
Su voto: Ninguno
Más notas del autor