París, las playas de una ciudad sin mar

Publicado el: 13 Aug 2013

Por quinto año consecutivo, los parisinos que no pueden viajar a las playas mediterráneas, se aprestan a tomar el sol a orillas del Sena y allí se arma la fiesta.

 

Gabriel Magnesio
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Fotos Gabriel Magnesio

En el medio del Sena, frente a la torre más visitada del mundo, se erige una réplica pequeña de la estatua de la libertad de Nueva York. La original, diseñada por Gustave Eiffel, fue un regalo del pueblo francés con motivo del centenario de la independencia de los Estados Unidos, en 1876. 

Las calles de París, este verano, están invadidas de estadounidenses de gorras y pantalones cortos con objetivos claros: fotografiarse frente a los 1.800 monumentos y un poco más de 170 museos de la capital francesa. Los parisinos, y otros turistas, mientras, se inclinan hacia el agua, la playa. 

Los bordes del Sena se convierten en playas frente a un río cuya reputación tiene el tamaño de un mar. Hay arena, sillas de playa, sombrillas. Hay piscinas flotantes, bikinis, volibol de playa, cuerpos bronceados, venta de helados. Es un escenario cuasi surrealista en la ciudad decimonónica del racional Barón Haussmann.

A invadir el Sena

París Playa instala su estación balnearia efímera el tiempo de un verano citadino, en el corazón de la ciudad más visitada del mundo. Es una invitación a apropiarse e invadir el Sena. 

Los muelles, a lo largo y ancho del famoso río, nunca cierran. La entrada, exclusiva, es libre y gratuita, los siete días de la semana. Desde los bares alrededor de la Bastille, símbolo de la revolución francesa, miles de personas invaden el Pont d'Austerlitz y desembocan en las playas. Julio Cortázar decía que había elegido París “porque no ser nadie en una ciudad que lo era todo, era mil veces mejor a lo contrario”.

La explanada del Hôtel de Ville (la Alcaldía) se convierte en el escenario de los deportes estivales y festivales de música. 

Los bateaux mouche (barcos mosca) recorren el Sena, atraviesan los 37 puentes de París. Los puentes tienen, muchos de ellos, sus clichés. A la altura del Pont Neuf, las parejas compran peces de colores y los liberan bajo el célebre puente del amor. 

En el Pont des Arts, puente peatonal, hay estudiantes de la Sorbonne, dobles de Baudelaire, Verlaine, Apollinaire. Hay otros poetas malditos que regresan de la fuente de Medicis, en los Jardines del Luxemburgo. Hay un hombre de largo tapado que sugiere aprender una poesía por día porque “la salvación radica en la respiración de los versos”. Hay pintores con bigotes dalidianos y Marcus, el guitarrista del metro, en pleno éxtasis etílico.

Las playas de París explotan. Hay espectáculos circenses, un cuarteto de música folklórica congolesa, raperos. Hay cursos de tango, capoheira, valses. La gente, miles, cena a la luz de las velas. 

La pirámide de cristal del Louvre titila del lado derecho. La antigua estación de trenes recuperada y reconvertida en el museo de Orsay, se yergue del lado izquierdo.

Explosión de fiestas

El concepto es un producto de exportación. Fue copiado por otra ciudades sin mar: Berlín, Tokio, Budapest, Rotterdam, Bruselas, Praga, entre otras. París, en el periodo estival, desemboca aquí, en la edición 2013 de París Playa, que va del 20 de julio al 18 de agosto, oficialmente, pero se mantiene hasta finalizar el verano.

El bateaux mouche recorre, lento, el escenario. El puente de la Concorde tiene la fuerza del símbolo y síntesis de la historia. Une al rey que hubo, en la residencia del Louvre, y a la República que es, el edificio de la Asamblea Nacional. 

Hay luces en la mítica Shakespeare and Company, rue de la Bucherie, frente al Sena. La librería de George Whitman cierra a medianoche. Los hijos de Shakespeare se acercan al agua. Se acomodan en círculos, prenden el fuego. Se encienden las conversaciones sobre la Lost y Beat Generation. Hemingway, Joyce, Kerouac. 

Hay espectadores excitados, descienden de la arteria principal del barrio latino de Saint-Michel, una callecita medieval.

Llegan del Théâtre de la Huchette (23 rue de la Huchette), que pone en escena la obra de teatro La cantante calva, de Eugene Ionesco, desde hace más de 50 años, donde Ionesco presentó por primera vez su clásica obra en ese pequeño teatro húmedo, de pocas sillas, donde se reserva con dos semanas de anticipación.

La explanada del Hôtel de Ville es el escenario del Festival Fnac Live. Noches de conciertos gratuitos: Christine and the Queens, Olivia Ruiz, Concrete Knives, Natas Loves you, Isaac Delusion, Oxmo Puccino, Mesparrow, Granville. Hay canchas de mini-golf, baby Foot, se practica tai chi. Hay palmeras en la arena y canoas en las aguas del Sena. 

Le Caveau de la Huchette es el templo del jazz, del swing, del bebop, del diablo --dice Jean-Claude-- y los demás, eufóricos, en la playa, a los pies de Notre Dame de Paris. 

Se dispara la conversación bajo la luna. Ese sótano era, en 1772, el búnker de la francmasonería, y en tiempos de la revolución se discutía: Robespierre, antimonárquico y decapitado en la Concorde, era uno de los habitués. “Hubo, en ese sótano, ejecuciones antes del jazz”, dice Jean Claude, frente al Sena, en el corazón de París Playa. 

París desdibuja los límites. Esta ciudad, el primer destino turístico del mundo con más de 80 millones de turista cada año, convirtió su río en un mar, la ciudad en playas exclusivas, y sus días y noches urbanas, en un recuerdo tropical. 

 

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