La última descendiente de un Cacique Brunca

Publicado el: 22 Apr 2013

 

La indígena se mantiene en pie de lucha por rescatar las tradiciones y el idioma de su pueblo, en la zona sur del país.

Por: Mónica Morales
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Fotos: Jorge Navarro

La Carretera Interamericana divide el pueblo de Rey Curré, en Buenos Aires de Puntarenas. A un lado el río Grande de Térraba y al otro, la casa de Celedina Maroto Leiva, la última descendiente de un cacique.

Su padre vino de Alajuela y se enamoró de su madre, quien tan solo tenía 14 años. Es decir, Celedina es mitad indígena y mitad alajuelense. Eso dicta la sangre, pero su corazón insiste en que ella es 100% brunca y ella prefiere hacerle caso al corazón.

“No me siento blanca, jamás, soy indígena”, dice en un tono exigente que le quedó de su paso por la docencia.

En una banca, con sus sandalias y su enagua a media pantorrilla, está sentada Celedina. Desde donde cuenta las historias de su infancia y su adolescencia, ahora que ya suma 66 años de vida.

Un zaguate blanco con manchas negras se pasea amistoso por el corredor, mientras Celedina lo regaña en su idioma brunca. El perro entiende a la perfección y se despista por un rato.

El abuelo de esta mujer dio clases de brunca en la Universidad de Costa Rica y tras su retiro en 1990, Celedina asumió la labor.

Dos años después, a sus 45 años de edad, fue llamada por el Ministerio de Educación y se le nombró como profesora de ese idioma en varias escuelas de la zona sur. Como última descendiente de un cacique asume como un deber enseñar a los niños y jóvenes el legado que todos los ticos llevamos en la sangre.

“Mucha gente me pide que les dé clases particulares y yo con mucho gusto lo hago”, dice la ahora pensionada.

Por su edad, camina poco por el pueblo, pero cada vez que sale y se topa con quien fuera su alumno, le saluda en brunca y se le llena el corazón de orgullo cuando le contestan de manera correcta.

No es fácil quedarle bien a Celedina, es muy estricta con la pronunciación. “Esa ene es nasal, sino estás diciendo otra palabra”, me corrige en un intento inútil por decir una palabra. Entonces acaricio al perro que poco a poco se ha ido acercando y dejo que esta mujer continúe sus historias.

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